La narración parte desde la mitad de la historia y nos muestra a un Francisco que vuelve muy débil de la guerra. En su lecho de enfermo François, como lo llama su madre, empieza a soñar, o a recordar tal vez, su vida anterior. Se muestran imágenes de Francisco y sus amigos andando a caballo, persiguiendo a las chicas del pueblo, pasándolo bien en la taberna. Se intercalan los textos de esa vida de antes con imágenes de Francisco en cama ardiendo en fiebre en el presente. Así transcurre la primera parte de la cinta hasta que el joven italiano se recupera y comienza su conversión.
Desde el principio la música juega un papel protagonista: es el hilo conductor que une escenas y da ambientes de tensión, suspenso y, sobre todo, de paz y recogimiento. Los colores y la fotografía son de particular delicadeza: todo es bello y natural. Los prados y paisajes están “pintados” con especial esmero pues el mensaje que quiere dar el director no puede ser otro que el de la transformación milagrosa de Francisco. Predominan las imágenes y la música por sobre los diálogos y textos de los personajes. Los símbolos son trascendentales en el relato: los colores, el vuelo de los pájaros, el sonido de las campanas y de la naturaleza. Es una película muy poética.
Las historias anexas se van desprendiendo de la del protagonista a medida que los personajes son presentados. Así nos enteramos del rencor que guarda Paolo, de
Luego de varios saltos importantes de tiempo, Zefirelli muestra un final totalmente abierto, pues no presenta un formato acabado ni convencional. En el desarrollo del film se aprecia el conflicto
